lunes, 9 de febrero de 2015

Que deje de haber precipicios

Pisar suelo firme.

Tener la certeza de que mañana va a ser parecido a hoy: saldré de casa, iré a clases, pasaré tiempo con mis amigas, hablare con ésta y aquel, volveré a casa, comeré, pasaré la tarde y dormiré.

Estar segura de que va a ser un buen día, como ayer, como antes de ayer, como hace dos semanas y como hace un mes.

A veces lo bonito está en la monotonía de nuestra vida, de nuestros horarios. El saber que no necesitas nada más para ser feliz, para estar contenta o simplemente estar bien o estar. 

Ya no necesito que mi vida de un giro, no necesito cambiar mi apestosa rutina, porque ha dejado de ser apestosa, no necesito que alguien venga y me tienda la mano y me diga que todo va a salir bien, porque está saliendo bien: me tendieron y me tendí a mi misma la mano y aunque no lo parezca, funciona.

No necesito nada. Nada más que seguir todos los días con la gente que tengo a mi alrededor. De ver a mis amigas y sentirme a gusto, con ellas y conmigo. De disfrutar el sol a las nueve de la mañana y a las tres de la tarde. De verme rodeada de gente y sentirme lo suficiente independiente y a la vez dependiente como para no sentirme sola.

Pisar sobre un suelo seguro y firme. Darme cuenta de que lo poco que tengo es mucho y que me salga una sonrisa de tonta (lo que soy) en la cara que no puedo quitar. De dar gracias porque lo 'poco' que tengo, es mucho. 
Porque tengo mala suerte, pero en lo importante me ha tocado el gordo.


Para todos los que pisáis precipicios:
que os toque el gordo, que podamos todos tener algo sobre lo que apoyarnos,
algo que nos de seguridad, como poco.

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